martes, 26 de febrero de 2008

recuerdos de Portales 1

Un perro fue como un hilo que jalas de la ropa para deshilacharla. Se deshilacharon tantas memorias... Ése perro era canito. Ja, me encanta, Canito. Perro que vivía en el techo, en la zotehuela de la casa de Lore. Tia Lore. Una verdadera bruja, y el perrito viejito medio ladraba, medio vivía, nosotros como niños nos aterrorizaba más Lore que el pobre perro viviendo en una carcel sin techo. Jugábamos en ese patio de lozas tan viejas y de colores, con sus orillas de plantas, con su brazo que se sentía como una gran avenida donde nuestros autos de triciclo surcaban, para rodear la casa tan vieja como mis abuelas, y pasar las grandes ventanas de los cuartos que cual chorizos se iban formando hacia atras, paredes llenas de salitre, llenas de vigas con polilla, con olores, de formas que ahora pasan por mi cabeza como diapositivas, pues esa casa no existe más, tampoco mis abuelas, ni los olores, por supuesto tampoco canito, ni las tres casas, la jardinera prohibida que era una selva sin fin maliciosa pues se tragaba las pelotas y tan solo los primos más valientes atrevían a brincar y salvar el juego... El espacio para el auto, que era un taxi Dodge, de mi tio Napo, que nos regalaba unas monedas si le traíamos sus mangos en tenedor de la cocina, monedas que rápidamente se tranformaban en lenguas de gato de la tienda de la esquina, que tampoco existe ya, una abarrotería que tenía la entrada esas entradas de rehilete en el que tienes que girar la portezuela metálica para poder accesar, y tenía una barra alta para cobrar en su registradora viejísima de botonzotes que para sumar se jalaba una palanca... Recuerdo su leve olor a jabón, con sus refrigeradores de verdura al fondo. Y sus hileras de productos... su piso... y el que nos vendía, que para mi, siempre pareció viejísimo tal como la cuadra de la colonia Portales donde ya no existe más que suspiros... La casa de mi abuela daba una recepción de corriente de aire al entrar, las grandes ventanas deslumbraban con su luz, los muebles de un siglo antes, los tapetes enormes, las cortinas en la gran puerta que se meneaban con el aire, al fondo la cocina, de donde siempre salian olores de comida, ruido de familia, la mesa larga con su mantel plástico, las alacenas de mil cosas, botes...

estoy nostálgica...